¿Y por qué no?

Fotografia Alberto Parada

Ésta es una de las frases que más me persigue últimamente y, gracias a la cual, he empezado esta gran aventura de convertirme en fotógrafo profesional de bodas. Ya os explicaré de dónde viene, pero antes, viajemos un poco al pasado.

Uno de mis primeros recuerdos que tengo de “pequeñajo” es, sin duda, la cámara de vídeo de mi tío Antonio. No sé exactamente qué es lo que tenía, pero me absorbía, me hipnotizaba, el hecho de que con un aparato pudiera capturar para siempre algo vivido y poder reproducirlo en movimiento. Me fascinaba mirar a través del visor y ver el mundo azul (¿ya os imagináis de qué tipo de cámara os hablo no?).

Fueron pasando los años, con cumpleaños, nochebuenas y comuniones de por medio, en los cuales siempre intentaba que mi tío me dejara grabar un rato. Tal era mi pasión por el vídeo que, con tan sólo 16 años, me compré mi primera cámara, gastándome la friolera cantidad de 1000€ (recordad, tenía 16 años) ahorrados trabajando como camarero en un negocio familiar. Sabía lo que quería y aún costándome esfuerzo ahorrarlo, no dudé ni un momento en comprarla. Y con ella grabé mi primera (y última) película, si si, 90 minutos de acción de unos cuantos chavales de 16 años haciendo lo que más les divertía en ese momento. No os miento, como actor soy lo más malo del universo, pero la película en sí estaba bastante bien rodada. Desgraciadamente mi andadura cinematográfica acabó ahí (o no, ¿quién sabe?).

Ahora mismo estaréis pensando, a ver y toda esta parrafada hablando de vídeo, ¿pero no eres fotógrafo de bodas? ¡Tranquilos que ya voy!

Marzo de 2015, ese fue el mes en el que me compré mi primera cámara réflex (canon 700D), comprada con la intención de grabar buenos vídeos en HD, y al mes de hacerlo, mi hermano Raúl me preguntó que si quería acompañarlo a su preboda en Sevilla, grabándole, haciendo una especie de “making of”. Aún sin tener todavía soltura con todos los parámetros de la cámara, dije ¿y por qué no?

Yo iba a lo mío, sin presión, grabando lo que veía interesante y de vez en cuando tomando alguna que otra foto. El resultado no fue nada espectacular, pero si consiguió una cosa, que mi entorno más cercano al ver el resultado me dijera que se me daba bastante bien hacer fotos, que salvando las distancias, mis fotos no tenían mucho que envidiar a la del fotógrafo (las madres siempre ven a su hijo el más guapo, y repito SALVANDO LAS DISTANCIAS). Así que ahí fue cuándo empecé a creérmelo y me dije a mi mismo ¿Y por qué no? ¿Por qué no puedo convertirme en fotógrafo de bodas?

A la semana siguiente fui a un seminario de fotografía, dónde tuve el placer de conocer a uno de los fotógrafos que más me ha ayudado en mi andadura, Jorge Márquez. ¡Gracias por todo pelirrojo!

Desde ese día lo tuve claro, decidí convertirme en fotógrafo profesional, así que como todo fotógrafo en sus inicios, empecé fotografiando a una pareja de amigos, y ahí empezó todo; me dí cuenta que me encantaba capturar los momentos de complicidad y felicidad que hay entre las parejas, interactuar con ellos, contarle tonterías, hacerlos disfrutar y que pasen una buena tarde conmigo. Las parejas empezaron a publicar mis fotos en Facebook, teniendo bastante aceptación y poco a poco fueron surgiendo trabajos remunerados, hasta llegar el día en el que me propusieron algo diferente. Una pareja me comentó que se iban a casar y nadie (NADIE) lo sabía y no sabían cómo anunciarlo. De ahí nació la idea de la sección “SORPRÉNDELOS”, si quieres saber más, no dudes en visitar esta sección.

Desde entonces hasta la actualidad, 2 años de grandes bodas, conociendo a grandes personas y empezando a llenar la temporada de 2018.